Béisbol e interminables caminatas en Nueva York.

El sábado era día libre y había quedado con mi primo de vernos, así que pedí a los demás un ticket del tour bus para ir con él, lo cual resultó productivo, pues me di cuenta que, en lugar de tres, nos dieron cuatro días!  Nos fuimos a Uptown y al llegar Malcolm Shabazz Harlem Market – 116th St. & Malcolm X Blvd, nos bajamos y caminamos 6 cuadras para entrar al Central Park North y ver el lago Harleem Meer y sus bellos jardines, done una pareja celebraba, en esos momentos, su boda.  De allí regresamos para ir a El Barrio, East Harlem, en busca de una tienda de discos para conseguir uno que me había encargado un amigo.  Cuando pasamos por una de las avenidas, no recuerdo cuál, había un desfile, de sello muy latino.  Luego de una larga caminata para cumplir con esa tarea, ya era hora de irnos para el estadio de los Yankees, pues teníamos boletos para el partido, así que nos encaminamos a la estación de la 125 y Lexington.  Después de un rato de estar allí, anunciaron que el tren esperábamos y que nos llevaría directo al Yankee Stadium, no llegaría y debíamos transferirnos de estación con un boleto.  Para entonces, ya habíamos caminado cerca de 5 kms.  Por suerte andábamos con mi primo y él sabía qué hacer, con el transfer ticket tomamos un bus que nos llevó a la estación  W 125th  en Douglas Blvd. y allí tomamos el D y llegamos a tiempo para ir a la taquilla a retirar los boletos que ya estaban pagados.

No puedo describir la emoción que sentí al ver a Willie Randolph siendo honrado como se merece, con el retiro de su uniforme.  También le hicieron la misma distinción a Mel Stottlemyre, acto que fue sorpresivo, pues no estaba en el programa.  El juego de los veteranos (Old Timer’s game) fue muy divertido y hoy puedo decir que ví, personalmente, lanzar a “Louisianna Lightning” Ron Guidry y jugar a Ricky Henderson, Lou Pinniela, Willie Randolph, Jim Leiritz, Wade Bogss, Johnny Damon, Paul O’Neill, Reggie Jackson, Bucky Dent y tantas otras estrellas de mi equipo favorito, juntas, en el nuevo estadio.  Aparte, el partido regular con los Tigres de Detroit lo ganaron contundentemente.  Si no hubiera estado cayendo ese bajareque frío, habría sido mucho mejor, pero igual lo disfrutamos.

El domingo el resto del grupo regresaba a casa, mientras que dos de nosotras permaneceríamos en la ciudad hasta el martes.   Despedimos a los viajeros y nos fuimos de paseo, tomando el Downtown bus para ir al Memorial 9/11 y a Battery Park.  Nos perdimos de regreso al bus, pero encontramos el camino.  El siguiente bus que tomamos, con intención de bajarnos en la 14, aparte de andar super lento y con un guía medio antipático, no hizo esa parada, explicando que los domingos no hacían ciertas paradas porque las áreas estaban solitarias y preferían preservar la seguridad de los turistas.  Me pareció justo, así que seguimos y bajamos en el Waldorf Astoria para dirigirnos al hotel.  Estábamos cansadas, asoleadas y sudando a mares y habíamos caminado 3.6 millas (5.79 kms.).  Luego bajamos a cenar a Havana Central, que era lo mas cercano y la comida estuvo deliciosa, aunque las porciones son tan generosas que es difícil comerse todo.  Nos acostamos temprano, por el cansancio y porque al día siguiente nos volveríamos a ver con mi primo y sabíamos que la caminata sería larga.

El lunes, último día de estadía en la ciudad que nunca duerme, fue caminar en grande!!  En total caminamos 7.25 millas (12.25 kms.) Desayunamos antes de encontramos con mi primo en la 42 y la 8a y de allí nos fuimos caminando hasta la 11a Ave. para bajar hacia la calle 34 y entrar desde allí al High Line Park, el cual caminamos completo para bajarnos en Gansevoort St. en el Meatpacking district.  De allí caminamos 6 cuadras, de vuelta a Chelsea Market donde tomamos un refresco y nos sentamos a descansar un rato.  Desde allí, nos dirigimos, por la 16 hasta la 7a. ave. y la subimos, pasando por las oficinas de Google, el Fashion Institute of Technology (FIT), el monumento a la moda que es un botón y una aguja gigantesca hasta llegar a Macy’s en la 34.  Allí estuvimos un rato, mientras no encontraban el paquete que mi amiga no había podido retirar el día que lo compró porque se les había caído el sistema de caja (sí, allá también sucede, jajaja)  y, al salir nos dirigimos a Bryant Park , donde almorzamos unos deliciosos emparedados de un kiosco al lado de la fuente, con jugo de naranja, a la sombra, mientras observábamos el ambiente veraniego y mi primo nos contaba qué se hacía allí en las distintas estaciones del año.

Se suponía que nos iríamos al hotel desde allí y él se iría a su trabajo, pero nos preguntó si habíamos ido a Grand Central Station y ante nuestra negativa dijo ¡vamos!  Caminamos por la 42, cruzando la 5ta y Madison Ave. y allí entramos a la estación.  Es impresionante, por el tamaño, la arquitectura y el lujo de la misma.  Hermoso edificio que se conserva bellamente y en uso.  Saliendo de la estación, nos explicaba sobre el lugar donde trabajaba y, obvio, terminó llevándonos hasta Long Island City, Queens, un desarrollo de lujo en un área que, antiguamente, era industrial y estaba abandonada.  El alquiler de un estudio es de $3,000 mensuales, que parece ser el promedio por toda la ciudad, según nos informaban los guías en nuestros distintos tours.   Aquí sí que el día con mi primo llegó a su fin, pues él tenía que entrar a trabajar.  Mi amiga y yo perdimos el rumbo por andar conversando, pero como no era difícil orientarse, llegamos a la estación y  volvimos a Manhattan sin mayores contratiempos a prepararnos para nuestro viaje al día siguiente, despidiéndonos de esta manera de la capital del mundo…pero no por mucho tiempo!

De Puerto Rico a Nueva York.

Luego de que, en las dos últimas entradas  les hablara de mi reciente viaje Puerto Rico, retomo mi relato cronológico.

Viajamos de Puerto Rico a Nueva York el martes y, mientras esperábamos en el aeropuerto a una amiga que se nos uniría, un joven se nos acercó ofreciendo transporte.  Tenía un Ford Escalade de 6 pax, muy cómodo y sólo nos cobró $100 por los 5.  Llegamos al hotel y nos habían cancelado la reserva porque me habían renovado la tarjeta y no lo habíamos notificado y como no estábamos disponibles por teléfono, no nos localizaban.  Por suerte, tenían las habitaciones disponibles, al mismo precio y nos resolvieron.  Nos gustó mucho el hotel, bien ubicado, amplio, limpio, buen desayuno y personal atento, todo por un precio considerado barato para los estándares newyorkinos.  ¡Tremendo hallazgo!

Algunos detalles históricos del edificio del hotel que me parecieron interesantes.

Salimos a dar una vuelta y comer algo, pues teníamos hambre.  Recorrimos Times Square y caminamos por la Sexta Avenida hasta Herald Square.  La tarde estaba hermosa y el sol brillaba con  esa luz dorada que embellece cualquier atardecer.  Luego de un rato, volvimos al hotel a organizar nuestras pertenencias y descansar.

Hermoso atardecer en Manhattan.

Al día siguiente nos fuimos a Woodbury, un centro de outlets con más de doscientas tiendas, situado en el Valle del Hudson.  El paisaje es hermoso y las compras excelentes, así que la pasamos muy bien.

El tercer día iniciamos el cititour, la temperatura estaba baja y llovió un poco, pero hicimos Uptown, Bronx y Yankees Stadium.  Estuvo genial el tour del estadio y  todos lo disfrutamos. En la noche, nos fuimos al tour nocturno.  Hacía frío pero estuvo muy bueno, porque la oscuridad permitía que las luces de la ciudad resaltaran. Nos tocó un guía aburrido y un conductor que parecía apurado, pero igual la pasamos bien y las vistas eran magníficas.

Yankee Stadium, el museo y el parque de monumentos.

Ese viernes teníamos dos tours de compras y en la noche nos encontraríamos con las compañeras que residen en la ciudad para cenar y ponernos al día.  Después de ambos tours, tomamos un taxi al hotel para prepararnos para la cena.   Muchos llevábamos años sin vernos y la pasamos super bien.  El sitio era algo caro y la comida no era la gran cosa, pero la experiencia de ver la ciudad y sus alrededores, al anochecer, mientras el piso iba girando, fue interesante.  Salimos de allí a eso de las 10 y nos fuimos al Copacabana a bailar.  Todo quedaba muy cerca de nuestro hotel, así que al salir, caminamos un par de cuadras y a descansar.  Al día siguiente era libre y cada cual haría lo que prefiriera, pero de eso les hablaré después.

Tour de compras, restaurante giratorio y Copacabana.

¡Hasta la próxima!

El Caribe en invierno.

Contrario a lo que puede pensarse, el Caribe no está exento de bajas en la temperatura o lluvias durante el invierno.  Obviamente, siempre estará más cálido que cualquier lugar más al norte.    Sin embargo, precisamente debido a las corrientes y vientos que bajan del Artico en este época, se pueden experimentar frentes fríos que provocan lluvias y temperaturas, hasta por debajo de los 20 grados Centígrados.

Esto ocurrió durante mi estadía, y en el paseo por el Viejo San Juan, en un par de ocasiones, me tocó correr a buscar cobijo de la banda de lluvia fina y fría que llegaba de repente…pero el mal ya estaba hecho.  Dos días después, sucumbí a una crisis alérgica que me provocó una fuerte congestión y severo dolor de garganta.  Fui a la farmacia más cercana a comprar un remedio y, al día siguiente me sentía bastante mejor, aunque aún estaba algo congestionada, pero no tenía dolor.

Parque Ventana del Mar y la playa aledaña.

Pasé esa mañana paseando por Condado, pasando revista de algunos daños aún por reparar después del huracán María, cosas muy menores, y tomé algunas fotos de los parques y el hermoso día, fresco y soleado.  Luego de mediodía, mis amigos me pasaron a buscar para ir a conocer una playa, llamada Mar Chiquita, en el pueblo de Manatí, en el norte de la isla.  Por el camino, pude notar algunos vestigios del paso de María, sobre todo en árboles caídos en los campos aledaños a la carretera y, también, en edificaciones de algunas áreas.  Imagino que sus ocupantes decidieron emigrar, pues se veían letreros de venta.

Nos tomó poco más de una hora llegar a Mar Chiquita desde San Juan.  No sé por qué, pero los tiempos de camino son largos, comparativamente a las distancias en Puerto Rico.  Desde mi primera visita no he logrado entender por qué toma tanto tiempo llegar a cualquier parte, pero les puedo decir, sin temor a equivocarme, que siempre, siempre, ese viaje valdrá la pena.  Así fue con Mar Chiquita, ir bajando la loma y ver aparecer el mar, fue un momento mágico, y eso que aún no llegábamos.  Un giro a la derecha y de allí, estacionarnos, bajar del auto y caminar por la arena hacia esta playa que está rodeada de una formaciones rocosas enormes que dejan un espacio en el centro, por donde el Atlántico  se abre paso con cada ola.  Es un espectáculo de la naturaleza digno de cualquier tiempo de traslado que haga falta.  Caminamos un poco por el área, tomamos fotos y vídeos, pero la mayor parte del tiempo, simplemente disfrutamos de la brisa, algo fuerte y bastante fresca que contrarrestaba el fuerte sol, contemplamos el movimiento del mar  y cómo ingresaba a ese espacio donde al esparcirse creaba un oleaje tranquilo que permitía a los bañistas disfrutarlo sin mucha preocupación.  Fue un rato hermoso y relajante, realmente lo que la mayoría de la gente imagina cuando se menciona la palabra Caribe.

Mar Chiquita en Manatí, Puerto Rico.

 

Cómo sólo fuimos en son de exploración, y mis amigos no habían almorzado, nos dirigimos a Arecibo, para ir a comer.  Paramos en un sitio frente al mar, un restaurante en el que entrabas a un salón con aire acondicionado, pero elegimos sentarnos en la terraza que daba al mar, protegida del sol pero que permitía la entrada de la suave brisa, una delicia de lugar.  La cocina era de influencia española, pero con productos frescos del área.  La buena comida, el magnífico servicio y el buen ambiente para relajarse y disfrutar de una tarde hermosa, hizo del lugar un sitio memorable.

Y este es el último momento digno de recordar de esta visita, pues tanta brisa fresca del norte hizo efecto y el día y medio siguientes, que incluía el de mi regreso, estuve recluida en mi hotel, saliendo sólo para buscar sopa en el restaurante chino de la cuadra o agua y remedios en la farmacia.  No hay pena ni remordimiento, pues lo que disfruté estuvo muy por encima de mis expectativas, formando parte de mis mejores recuerdos en la isla y convirtiéndose en material para un buen relato, que espero les haya gustado.  Ahora estoy de vuelta en casa, tratando de aliviarme totalmente para volver al trabajo…y continuar planeando el viaje que sigue.

¡Hasta la próxima!

Mi próximo viaje…ya lo estoy disfrutando!

Tenía este viaje planeado para junio del año pasado, pero por circunstancias de la vida, no pude hacerlo.  Aprovechando los días de asueto de la JMJ en Panamá, decidí venir a San Juan a pasar una semana que ha estado llena de nuevas experiencias, agradables sorpresas y más de una coincidencia.

Viajé domingo a mediodía y en el avión me encontré con Charlie Aponte, antiguo cantante del Gran Combo, y tuvimos una amena conversación mientras esperábamos que todos abordaran.  Como buen puertorriqueño, es un tipo muy simpático y conversador.

Al llegar a San Juan, mis amigos me estaban esperando ya en el aeropuerto y nos fuimos a chinchorrear a Piñones, donde degustamos sorullos rellenos de queso, alcapurrias de yuca (parecidas a nuestras carimañolas) y piononos, plátanos maduros rellenos con carne, nunca los había probado y estaban riquísimos.  Ellos también comieron ensalada de carrucho (caracol o cambombia), pero soy alérgica al marisco, así que yo no lo comí.  De allí al hotel a registrarme y descansar para el día siguiente.

 

Una de las coincidencias de este viaje, es que mi amigo celebraría su cumpleaños ese lunes, fue una reunión familiar, con unos amigos añadidos que me incluía a mí, en un restaurante enclavado en las montañas, en el sector de Morovis, con una vista espectacular de parte de la costa norte, específicamente, Vega Baja.  La comida, como siempre abundante y deliciosa, las historias interesantes y el ambiente inmejorable, hicieron de ese día, uno muy especial y diferente.

Otra divertida coincidencia es que unas primas también decidieron pasar unos días en San Juan.  Al descubrir que estaríamos aquí al mismo tiempo, nos pusimos de acuerdo para encontrarnos en el Viejo San Juan y dar un paseo por ese encantador sitio.  Recorrimos los fuertes de San Cristóbal y el Morro, comimos en Raíces y luego del almuerzo, las dejé pasando el resto de su tarde en la isleta, pues yo tenía planes para disfrutar de otra de las coincidencias de este viaje.

 

¡¡Mis amigos habían conseguido boletos para la obra musical Hamilton!!  Eso fue toda una proeza, nada fácil fue obtenerlos, pero allí estábamos, emocionados de poder formar una pequeña parte de la hermosa historia alrededor de esas presentaciones.  La obra es, simplemente, genial.  Muy merecedora de todos los premios y excelentes críticas que ha tenido desde su estreno en Broadway.  El público ovacionaba cada canción y mostraba un gran orgullo por los artistas locales que formaron parte del elenco.   El hecho de que el propio Lin Manuel Miranda protagonice la puesta en escena en Puerto Rico y dedique todos los fondos que se obtengan a la Fundación Flamboyán para las Artes es una muestra de su amor a la isla.  Fue, sencillamente, una noche maravillosa.

Después les cuento qué estaré haciendo el fin de semana.  ¡Hasta la próxima!