Viaje familiar a San Diego y Las Vegas – II parte

Photo by Nick Fewings on Unsplash

El viaje de San Diego a Las Vegas toma unas 5 o 6 horas y la ruta atraviesa el Valle de la Muerte.  El paisaje es desértico tanto en el valle como en las montañas que lo rodean y el sol es implacable.  Lo que menos quieres es sufrir una avería del auto en ese camino, porque el nombre está muy bien puesto.  En el trayecto, vimos la “finca” de paneles solares más grande de los Estados Unidos.  Una gran parte de la energía eléctrica que se utiliza en Las Vegas –y se utiliza muchísima– proviene de esta fuente.  Fuera de eso, no había mucho que ver, excepto el árido paisaje, casi todo del mismo color arenoso con toques de grises.  Fue interesante hacer el recorrido una vez, pero no lo volvería a repetir.

Al llegar a Las Vegas, aún de día –el sol se ponía pasadas las 9:00 p.m.– nos encontramos con temperaturas de 44 grados centígrados y apenas era la segunda semana de junio.  ¡Imagínense subir de 18 a 44 grados en 5 horas!  Al llegar al hotel y subir a nuestras habitaciones, en el piso 51, nos encontramos con que cada una, tenía un ventanal de piso a techo que nos brindaba una panorámica impresionante del Strip, del valle, las montañas y los bellos y luminosos atardeceres de Las Vegas.

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Tras un viaje agotador y con esa temperatura que no ayudaba en nada, nos quedamos dando vueltas por el impresionante interior del hotel, cuya decoración con inspiración oriental era alucinante.  También merodeamos un poco por los jardines y réplica de bosque del hotel contiguo, de los mismos dueños, que eran de gran belleza.

Al día siguiente, creyéndome preparada para la aventura de recorrer el Strip, descubrí que no sólo seguía haciendo un calor intenso, sino que había una ola de calor barriendo la ciudad…es decir, que en el desierto hacía más calor que de costumbre, qué suerte!  En los locales con terrazas, tenían difusores que rociaban agua para humectar un poco el seco ambiente desértico.   Estoy acostumbrada al calor húmedo de Panamá, pero nunca había experimentado temperaturas que pasaran de los 32 grados y sentía que no lo toleraría.  Las calles y aceras estaban tan calientes que quemaban la planta de los pies, a través de los zapatos, y la brisa que soplaba del desierto estaba más caliente aún.  No podía entender cómo había gente que podía vivir en esas condiciones.

Afortunadamente, uno puede circular y trasladarse a distintos puntos, recorriendo por dentro de los hoteles, como si de caminos se tratara, y salir a la calle sólo para cruzarlas en ocasiones, por puentes peatonales equipados con escaleras eléctricas y ascensores.  Esto me encantó, pues reducía el esfuerzo de subir y bajar, amortiguando un poco el impacto del calor…siempre y cuando no tocáramos los pasamanos, porque se podía freír un huevo sobre ellos.

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Una de las cosas que más recuerdo es el espectáculo de las fuentes danzarinas del Bellagio, muy bello.  Los hoteles son impresionantemente grandes y, generalmente, temáticos.  Todos tienen algún tipo de atracción adicional al casino,  piscinas, restaurantes y tiendas de lujo y superlujo, tales como teatros, espectáculos públicos inspirados en la temática del hotel, jardines, acuarios o zoológicos.  Todo creado con la intención de que uno no abandone las instalaciones y, por supuesto, vaya al casino que, casi siempre está ubicado en el punto central del hotel.

Deseaba ir de paseo en globo aerostático pero, por las altas temperaturas, estos se hacían a las 6:00 de la mañana.  No soy madrugadora, me cuesta levantarme a las 7:00 para ir a trabajar, imagínense levantarme a las 4:00 en plenas vacaciones, así que lo dejé para otra ocasión o destino, con horarios menos inconvenientes.  En su lugar, tomamos un tour en helicóptero, muy emocionante, que sobrevolaba la ciudad, la represa Hoover, el lago Mead y parte del cañón del Colorado.  Una oportunidad fantástica para tomar fotos y aprender sobre el área.

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Los cinco días en Las Vegas llegaron a su fin y, con ellos, el viaje anual de vacaciones, aunque aún me quedaban dos semanas disponibles que aprovecharía para descansar en casa antes del volver al trabajo y esperar once meses antes de poder irme de viaje nuevamente, o al menos eso pensaba yo, pero de oportunidades está llena la vida.  ¡Ya les contaré!

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