Mi primer viaje a Nueva York

Nueva York es mi ciudad favorita, por lo que ya he ido nueve veces, siete de las cuales ha sido en los últimos cinco años.  A pesar de eso, aún me faltan algunas de “Las 10 cosas que tienes que hacer en Nueva York”  y otras las he hecho más de una vez.  Sin embargo, hay un montón de cosas maravillosas que he hecho, vivido, visto, escuchado y saboreado que no aparecen en ninguna lista, pero que forman parte de mis mejores experiencias…Nueva York es todo un mundo en sí misma y hay mil y una cosas que hacer, por lo que seguiré visitándola hasta que tache todas las de mi lista.

Mi primera visita a la ciudad de los rascacielos fue en el verano del ’99, con mi madre, uno de mis hermanos y mi hermana, quien fue la organizadora.  Como siempre sucede cuando van más de uno, cada quien tenía sus objetivos y sitios a visitar, menos yo.  Inicié este viaje sin ninguna expectativa y disfruté hasta los malos ratos, jejeje.

Les cuento que mi hermana es fanática de los Yankees de Nueva York, claro que yo también, pero no lo era tanto en esa época.  Como se imaginarán, uno de los objetivos del viaje era ir a un tour del Yankee Stadium.  Había que llegar a las 11:45 a.m. para tomar el tour que era a las 12:00 m.  El primer día que lo intentamos, ella se equivocó de tren y cuando se percató, nos bajamos y cambiamos, pero llegamos tarde.  Nos quedamos porque teníamos boletos para presenciar el partido entre Yankees-Mariners, que iniciaba a la 1:00, pero teníamos asientos en el jardín izquierdo, a pleno sol de agosto…fue terrible. En dos ocasiones, el calor resultó demasiado y me sofoqué, por lo que tuve que entrar pues sentía que me iba a desmayar.  En una de esas ocasiones, cuando iba a medio pasillo oigo a la multitud gritar desaforada, me volteo a investigar y resultó que Tino Martínez, mi jugador favorito, había conectado un cuadrangular…y me lo perdí!

El segundo intento coincidió con algún huracán en el Caribe que produjo copiosas lluvias la noche anterior, provocando inundaciones.  No lo sabíamos y tomamos el tren, esta vez el correcto, pero al llegar a la estación de la 125, en Harlem, el conductor informó que no podía avanzar más porque el subterráneo estaba inundado a partir de ese punto y que todos debíamos bajarnos allí.  Aquello produjo protestas, se caldearon los ánimos y reinaba el caos, por lo que optamos por salir de la estación y ver cómo llegábamos por otro medio a nuestro destino.

En esos tiempos, aunque ya se estaban renovando algunos edificios, Harlem aún tenía un aspecto que daba algo de miedo.  Como no conocíamos las rutas de autobús, decidimos tomar un taxi, pero no veíamos ninguno por el área.  Sabiendo que ya no llegaríamos a tiempo, nos dispusimos a regresar a Midtown, pero tuvimos que caminar 10 cuadras para lograr conseguir un taxi.  De más está decir que nunca pude hacer el mencionado tour, pues un par de días después mi hermano y yo debíamos volver a casa para reintegrarnos al trabajo.  Mi madre y mi hermana se quedarían unos días más, por lo que, finalmente, lo lograron.

El punto de esta anécdota es que, a pesar de no llegar a donde nos dirigíamos, yo disfruté cada metro de esas cuadras recorridas.  Mientras mi hermana iba molesta por otra mañana perdida, mi hermano estaba en guardia por si acaso y mi mamá se quejaba del cansancio de la larga caminata, yo estaba extasiada mirando la belleza de las edificaciones, a pesar del aspecto descuidado y hasta ruinoso de algunas, de lo amplio y luminoso de la avenida, del ambiente de comunidad que se sentía en ese barrio, a pesar de que aún estaba deprimido y con huellas de los malos tiempos que había vivido la ciudad.  Me gustó Harlem en ese momento y me gusta mucho más ahora, que está viviendo un segundo renacimiento.

No recuerdo mucho más de ese viaje, excepto que subimos al mirador del piso 82 del edificio Empire State, paseamos por Park Avenue, caminamos por varios barrios de Midtown y recorrimos Little Brasil (calle 46 hacia el este de la Sexta Avenida) porque mi hermano iba a comprar un birimbao y allí estaban las tiendas de instrumentos musicales brasileños.  También recuerdo, eso sí con mucha precisión, que lo que más me impresionó de la ciudad no fueron los rascacielos, sino la cantidad inmensa de gente que caminaba la ciudad y como esa masa humana aumentaba a medida que avanzaba el día.  Jamás había visto tanta gente caminando en todas direcciones, a una velocidad que no parecía normal para un ser humano, pero en un orden increíble.  Había momentos en que temía ser arrastrada y perder de vista a mi familia.

Hoy puedo afirmar que ya no sólo no me asusta andar por las aceras de Manhattan, rodeada de cientos de veloces neoyorkinos, sino que ahora puedo caminar a la par de la mayoría de ellos, sintiéndome parte del entorno.

 

 

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